Cantaba mi
amada Chavela en aquel bolero que uno siempre vuelve a los viejos sitios donde
amó la vida, donde uno fue feliz, en definitiva. Por eso ahora, una vez más, se
acerca la fecha de volver. Aterrizar en el aeropuerto de José Martí.
Atravesaremos
el cielo camino del reencuentro. Siempre me parecieron tristes los aeropuertos,
aunque a veces la gente también se encuentre en ellos y los abrazos de
bienvenidas florezcan luminosos en las salas de llegadas. Siempre recuerdo con
más claridad las despedidas. El llanto que acompaña el adiós, llámame cuando
llegues, que tengas buen viaje. Y el ritual de después tiene algo de partida
definitiva. El casi desnudarse ante los arcos que detectan metales y malas
intenciones, el presentar el pasaporte como quien entrega la moneda a Caronte y
esas cosas.
Y son las salas de embarque algo así
como un purgatorio, en el que todos somos extraños, de paso. Y las esperas,
mientras los altavoces nombran el número de vuelos en los que nunca viajaremos,
sirven para hacer repaso de lo vivido en este tiempo de ausencias y prisas.
Reflexionamos sobre el sentido de nuestro viaje, sobre nuestras faltas y
deberes, sobre los planes y los fracasos, y revisamos los mensajes en el móvil
para recordar un pasado que se nos antoja lejano y huidizo.
Y el viaje nos convierte en otros
habitando nuestro cuerpo. Miramos como la ciudad, cayendo la tarde, se
convierte en un enjambre de luciérnagas y junto con ella, todo se empequeñece y
soñamos otras biografías. Y en la bolsa de mano, adivinamos los rostros,
salvapantallas de la memoria, de aquellos que nos quieren y que abrazamos antes
de subirnos al avión -llámame cuando llegues, que tengas buen viaje-, y el mapa
del recuerdo, donde enterramos aquello que quisimos ser, la renuncia en que se
convirtió la vida, el sueño que nos asalta mientras dormitamos en el asiento
antes de que la auxiliar de vuelo nos pida que devolvamos el asiento reclinado
a su posición vertical
Sobrevolaremos el océano, mientras el mundo se derrumba y
algunos se enamoran, mientras abajo, Penélope no nos esperará ni nosotros
deseamos volver a su lado, mientras Madrid arderá, mientras el mundo parece ser
una pesadilla y uno, a ratos, es feliz, pienso para mí, mirando el azul del
cielo que ilumina la ventanilla del avión y al llegar pensar: yo soy de aquí.
Y al volver, dar las gracias porque
recibimos mucho más que lo que damos. Lo sabemos. Y que gastamos las palabras
de agradecimiento por lo vivido. Pero no sabemos cómo decirte ya que somos
conscientes de la deuda que tenemos contigo. Con tus gentes.
Pasarán
los años y recordaremos los días en los que regalábamos las azucenas que
crecieron en nuestro pecho, en el tiempo en el que el mundo se derrumbaba y
nosotros cantábamos felices, iracundos, esperanzados y a tu lado. Porque
esta vez, iré a tu lado.
