Hay un libro que se titula, “Yo también puedo escribir una jodida historia de amor”, no os molestéis en leerlo. Yo lo hice (bueno al menos hasta la mitad). Es una mierda.
Sin embargo esta frase que da pie a tan aburridísimo libro en cuestión, es algo que no se me quita de la cabeza, malditas 4 y 26, malditos domingos, maldito espíritu de competitividad. Me pregunto si yo también sería capaz de escribir una jodida historia de amor.
Por un momento lo dudo bastante, pero no solo de neocórtex vive el homo sapiens y cuando empiezo a buscar en otro lado, más profundo, más enterrado, más cicatrizado, más fragmentado; me doy cuenta que hay algo que sí que sabría a ciencia cierta. Sabría perfectamente cuando empezaría. Mi historia comenzaría en la primavera más bonita del mundo. La primavera de Madrid. Pero no en la primavera, primavera, me explico, empezaría en uno de esos días de mediados de Marzo, principios de Abril; es decir invierno, en los que el sol gana la batalla al frio y te hace pensar que podría ser perfectamente un día de primavera. La respiras, la hueles. Estos días son mucho mejores que la primavera en sí. Porque como ocurre con tantas cosas, la primavera es difícil apreciarla desde la primavera.
Así empezaría mi historia, en uno de esos días.
Ese sin duda sería el “cuándo”; para el “cómo” tengo todavía más dudas; no sabría si mi historia de amor debiera comenzar con un flechazo, con un fulminante rayo de dos segundos que hace que se pare el tiempo, que el mundo se detenga, que todo lo que hay alrededor parezca un atrezzo inanimado, como un escenario dibujado en donde solo la otra persona y tú sois reales. O sin embargo la historia debería empezar con un detalle, con un misterio, sin esperarlo, ni quererlo; sin saberlo, ni merecerlo. Poco a poco, como se conquistó el lejano oeste. Con planes perfectos que salen mal, con juegos, con promesas con fecha (y flechas) de caducidad y apuestas con mucho que ganar y tanto que perder. Porque al fin y al cabo, a veces las cosas más maravillosas de este mundo son aquellas que piensas que jamás debieron haber ocurrido.
En mi caso déjenme que les diga que si tuviera que ser el protagonista de esta historia, me gustaría que me cayera encima la del rayo. Porque así recuerdo el día que te conocí.
El día que jamás tendría que haber pasado caminando por esa esquina de Madrid y tú jamás deberías haber hecho caso a tu amiga para acompañarnos a aquella horrenda cafetería. En donde solo sé, que evidentemente, no estábamos por la comida. Me acuerdo que en ese momento todavía no me había dado cuenta de lo tremendamente hermosa que eras, de lo ridículamente GUAPA, de tu cara de niña, piel de oliva y melena de arena. Eras perfecta, pero ese día no lo vi. Me fije en tu ridícula ropa, nunca te lo dije, pero tu vestimenta de aquel día me pareció lo más horrible y antimorbo que podría vestir una chica. Tu mirada de “perdona, pero no estás a mi nivel”, me resultaba tan indiferentes como retadora, y ese fue seguramente el problema.
Esa noche nunca pensé en besarte, pero incluso cuando ya me había despedido, me di la vuelta y te robe un beso, quizás solo para demostrarte que no eras tan difícil, quizás solo porque quería que tus amigas se rieran viendo la cara de pasmada que se le quedaba a la rock-star de la manada, quizás solo para que tuviera sentido mi frase de despedida de “ya nos veremos por ahí…” mientras me iba. Quizás porque lo único que me gusta y comparto con los gatos, es que sean capaces de morir por la curiosidad. Quizás por todo esto o quizás por nada. Pero salió del instinto. Solo me acuerdo que un segundo antes de hacerlo no lo tenía planeado.
Y ahora me siento como en un cuarto oscuro alumbrado por una de lámpara de metal, bombilla amarilla y con el humo dándome en la cara. Empieza el interrogatorio.
Y me pregunto si seguirás oliendo a esa sutil mezcla entre Nivea y champagne, si sigues contando tus ridículos chistes a todo el mundo y haciendo feliz a quien te rodea. Si seguirás escuchando toda esa música cursi y pensando que cantas bien en los karaokes. Si sabías que aunque me reía de esas mismas canciones, luego cuando estaba en casa, las escuchaba una y otra vez intentando entenderlas.
Me pregunto si alguien te habrá enseñado algo más bonito que Granada, y luego tú te habrás vengado enseñándole a él tu ciudad favorita.
Me pregunto quién tendrá que agarrarte ahora cuando coges las llaves de casa para rayar el coche que ha aparcado tan cerca del tuyo que apenas te deja salir. Quien tendrá que empujarte del brazo cuando de repente te da por gritar tus sentimientos de amor en mitad de la calle para que lo escuche todo el mundo. O quien se pone a correr detrás tuyo, para escapar de una discoteca, y recorrer 200metros en mitad de una calle oscura, sin ningún sentido más que para ver si es capaz de alcanzarte y darte un beso.
Me pregunto si sabes que contigo aprendí que hay que saber mentir, porque si quieres a alguien, nada mejor para demostrárselo que mentirle. Igual que si alguien te cae mal solo tienes que decirle la verdad. Nadie quiere que le digan la verdad cuando está enamorado, yo lo aprendí de quien mejor me ha mentido nunca. Y siempre te lo agradeceré. Y ya que hablamos de mentiras, me pregunto si sabrás que te mentía descaradamente cuando te decía que me gustaba el bodrio ese de Sexo en Nueva York (a ningún tío le gusta, chicas lo siento…).
El día que jamás tendría que haber pasado caminando por esa esquina de Madrid y tú jamás deberías haber hecho caso a tu amiga para acompañarnos a aquella horrenda cafetería. En donde solo sé, que evidentemente, no estábamos por la comida. Me acuerdo que en ese momento todavía no me había dado cuenta de lo tremendamente hermosa que eras, de lo ridículamente GUAPA, de tu cara de niña, piel de oliva y melena de arena. Eras perfecta, pero ese día no lo vi. Me fije en tu ridícula ropa, nunca te lo dije, pero tu vestimenta de aquel día me pareció lo más horrible y antimorbo que podría vestir una chica. Tu mirada de “perdona, pero no estás a mi nivel”, me resultaba tan indiferentes como retadora, y ese fue seguramente el problema.
Esa noche nunca pensé en besarte, pero incluso cuando ya me había despedido, me di la vuelta y te robe un beso, quizás solo para demostrarte que no eras tan difícil, quizás solo porque quería que tus amigas se rieran viendo la cara de pasmada que se le quedaba a la rock-star de la manada, quizás solo para que tuviera sentido mi frase de despedida de “ya nos veremos por ahí…” mientras me iba. Quizás porque lo único que me gusta y comparto con los gatos, es que sean capaces de morir por la curiosidad. Quizás por todo esto o quizás por nada. Pero salió del instinto. Solo me acuerdo que un segundo antes de hacerlo no lo tenía planeado.
Y ahora me siento como en un cuarto oscuro alumbrado por una de lámpara de metal, bombilla amarilla y con el humo dándome en la cara. Empieza el interrogatorio.
Y me pregunto si seguirás oliendo a esa sutil mezcla entre Nivea y champagne, si sigues contando tus ridículos chistes a todo el mundo y haciendo feliz a quien te rodea. Si seguirás escuchando toda esa música cursi y pensando que cantas bien en los karaokes. Si sabías que aunque me reía de esas mismas canciones, luego cuando estaba en casa, las escuchaba una y otra vez intentando entenderlas.
Me pregunto si alguien te habrá enseñado algo más bonito que Granada, y luego tú te habrás vengado enseñándole a él tu ciudad favorita.
Me pregunto quién tendrá que agarrarte ahora cuando coges las llaves de casa para rayar el coche que ha aparcado tan cerca del tuyo que apenas te deja salir. Quien tendrá que empujarte del brazo cuando de repente te da por gritar tus sentimientos de amor en mitad de la calle para que lo escuche todo el mundo. O quien se pone a correr detrás tuyo, para escapar de una discoteca, y recorrer 200metros en mitad de una calle oscura, sin ningún sentido más que para ver si es capaz de alcanzarte y darte un beso.
Me pregunto si sabes que contigo aprendí que hay que saber mentir, porque si quieres a alguien, nada mejor para demostrárselo que mentirle. Igual que si alguien te cae mal solo tienes que decirle la verdad. Nadie quiere que le digan la verdad cuando está enamorado, yo lo aprendí de quien mejor me ha mentido nunca. Y siempre te lo agradeceré. Y ya que hablamos de mentiras, me pregunto si sabrás que te mentía descaradamente cuando te decía que me gustaba el bodrio ese de Sexo en Nueva York (a ningún tío le gusta, chicas lo siento…).
Me pregunto si sabes que nadie más se tatuó por mi o si tú lo habrás hecho por alguien más. Si te habrás citado en Tribunal para ir al aeropuerto una noche de verano para preguntar por un billete a Nunca Jamás y tener que escapar entre risas de los “seguratas”.
Me pregunto si has vuelto a leer junto a alguien a Benedetti antes de dormir y creer que Corazón Coraza lo escribió pensando en vosotros. Me pregunto cuantas veces más habrás explicado tu teoría de que el amor es una enfermedad mental y que por eso se dice: estoy loco/a por ti. Que se rompen demasiados corazones y pocas camas.
Me pregunto cuántos días más habrás tenido de manta, pelis, palomitas, sexo, mimos, series, sexo, chocolate, sexo, frutas, pelis, mimos, tengo sed, vas tú?, voy yo, agua, sexo, besos, besos, besos
Me pregunto si sabías que te quería mucho antes de que te lo dijera.
Me pregunto si sabes que hace poco te volví a ver, pero decidí irme tan rápido que incluso me dejé la cazadora en el sitio en donde estaba y tuve que ir a recogerla al día siguiente. Porque creo que toda historia tiene un final feliz si sabes donde tienes que dejar de leer.
Me pregunto si pensarás que fui yo el primero en olvidar.
Me pregunto si sabrás que eres mi jodida historia de amor.
Me pregunto si sabías que te quería mucho antes de que te lo dijera.
Me pregunto si sabes que hace poco te volví a ver, pero decidí irme tan rápido que incluso me dejé la cazadora en el sitio en donde estaba y tuve que ir a recogerla al día siguiente. Porque creo que toda historia tiene un final feliz si sabes donde tienes que dejar de leer.
Me pregunto si pensarás que fui yo el primero en olvidar.
Me pregunto si sabrás que eres mi jodida historia de amor.
