Y subirás a ese tren, y te olvidarás de los besos que tatué en tu piel.
Ya no robaremos horas a Morfeo a punta de pistola, ni limpiaré el polvo con las canciones que cantabas en la ducha. Dejarás el cepillo de dientes para que pueda rascarme donde no llegue y arrancaré sus cerdas gritando me quiere o no me quiere, como si de una margarita se tratase. El peluche de tu mesita de noche me odiará tanto que me negará el saludo y quien sabe si la amistad incluso. Meteré tus risas en el frigorífico por si un día vuelves. O por si me apetecen un día de agosto.
Aplicaré justicia divina en los turnos de limpieza y siempre saldré malparado. Cerraré dejando las llaves puestas y silbaré para aparentar inocencia. Haré un caminito de perdones por si un día decides regresar y no te acuerdas de la calle. Aún guardo tu piano aunque sé que nunca tuviste ninguno, y saco a pasear a tu pez de colores, al cual pusiste mi nombre, a pesar de que nunca te gustaron los peces y mucho menos de colores. Haré galletas en el horno y te mandaré en una postal mi receta secreta. Esa que tanto te gusta a pesar de que aun no la probaste. Dormiré en el lado izquierdo de la cama por si vuelves una noche y no me quieres despertar. Veré cada domingo nuestra película favorita a pesar de que nunca nos gustaron las mismas. Siempre fuiste un poco rara para el cine. Y cada noche antes de cerrar los ojos, pensaré en cuanto te quiero y me diré lo mucho que me quieres, siempre has sido tan cariñosa…
JC Bello
