
Cierras los ojos, cuentas hacia atrás, sonries. Sé que te debo algunos versos. Escribía sobre inviernos que se fueron, ahora flores de almendros en el hueco de tus manos.
Es un pequeño homenaje a los testamentos escritos en cualquier papel y que dejamos abandonados en la cocina. O en un cajón del escritorio. O como aquel olvidado en el fondo del bolsillo de un abrigo (aquellos días azules, aquel sol de la infancia). Declaraciones de amor definitivas que improvisamos mientras la radio vomita su ristra de desencuentros y desayunamos poemas sumergidos en un café apresurado, mientras en la calle nada importa. Sólo tu cuenta atrás, imparable hacia el cero.
O como aquellos otros que se escriben en la servilleta de un bar, cuando ya está cayendo el día y esperamos a esa cita que se retrasa, con la urgencia del que cose recuerdos a los bolsillos para no olvidarlos, con la dicha del encuentro inminente con la vida que entrará a trompicones por la puerta, sofocada por las prisas, disculpándose por el retraso, porque el tráfico está imposible o, tal vez, no recordaba bien la ubicación del bar. Pero uno casi no escucha, no te preocupes, cegado por la sonrisa de ella, lo malo de llegar tarde es que tendrás que marcharte tarde, y ella baja la mirada y tú pides dos cañas. Y piensas que es verdad que no importó esperar, porque tienes la sensación que siempre la estuviste esperando y sólo queda celebrar que por fin ha llegado.