-Alicia: ¿ Cuanto tiempo es para siempre?
 -Conejo: A veces, sólo un segundo.


Termino otro verano y apenas sé nada de la vida. Siempre nos quedará la playa y ese pulso inagotable de las olas en la orilla; donde todo se acaba, donde todo empieza. Porque mecido entre su espuma siento que al menos sigo vivo. Y ese ejercicio me recordó que ser feliz es una obligación que a menudo desatendemos, que en lo pequeño a veces está lo importante, que lo cotidiano encierra un misterio que no somos capaces de atender con la calma que merece.

De la misma forma que no se aligerar el equipaje (siempre tengo que sentarme sobre la maleta) nunca supe sintetizar al hacer declaraciones de amor.
Y es en esa orilla, de la que te hablaba, a la que llegan las olas rebeldes. Esas que se cansan de bailarle el agua al mar y vienen a recordarnos que de cuando en cuando no es tan malo tragarse uno sus propias palabras, que al fin y al cabo solo son miedos a los que ponemos nombre. Es quizás, por esas olas rebeldes cansadas de bailarle el agua al mar que uno se deja contagiar de inconformismo, de valentía.

Pero todo termina. Somos gente solitaria, rehén del miedo y de las prisas. Así los días van deshabitando los sueños y las canciones de amor. Así, poco a poco, cae la noche y las hogueras dibujan en las paredes de la caverna sombras alargadas y danzantes, imitación siniestra de lo que somos, cenizas de un breve verano.
Y me doy cuenta que en aquel atardecer yo te cogía de la mano por dos motivos. Para que no te fueras tú. Para no caer yo.

Pero todo empieza. Somos también la luz de un mediodía de la infancia, domingo de Retiro, manchas de césped en los pantalones, desayuno en la cama y tú a mi lado, cartas que adelantan un regreso, dulce borrachera de diciembre, cerezos en abril y lunas blancas, promesa de futuro, barricada ante el regreso del invierno.

Escuchamos las olas de las playas de Imbassaí donde Robinson encontró aquellas huellas que le salvaron la vida mientras tú ríes como si todo el universo cupiera en el cajón de la mesilla y yo rezo porque pare el ascensor atrapado contigo.

Y ahora que el otoño nos amenaza con sed, yo me preparo para beber del dulce hueco de tus manos, a pesar de que a veces el cielo baje demasiado y casi nos aplaste como un techo bajo, tu me preguntarás “y ahora qué”  Y entonces no te enfades si me ves sonriendo mientras pienso que por eso te busco, porque traes la vida, porque ya solo necesito que vengas esta noche con ropa pero sin ganas de llevarla.


No olvides que te espero. No esperes que te olvide.



 
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Lágrimas Tántricas by Juan Carlos Villegas Bello is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.