Hace poco leí por ahí que “la noche es de los
poetas, las putas y de los que mueren por amor” y desde entonces me las paso
todas pensando en cuál de esas tres bestias seré yo.
De cuando en cuando (cada vez con menos
cadencia) volvemos al viejo bar donde siempre somos jóvenes. Brindar con los
viejos amigos porque al menos sigamos reconociéndonos al mirarnos en el espejo,
sigamos siendo algo de lo que fuimos. Mañana ya tendremos tiempo de astillarnos
los dedos contando incertidumbres. Pero hoy no. Hoy, apuraremos hasta que las
agujas del sol se cuelen por la puerta, para recordarnos que seguimos vivos.
Y al amanecer, como siempre, los ojos rojos de
forzar la mirada, a ver si te encuentro entre la gente. Porque puestos a
ahogarme, que sea bebiéndote.
Dicen las malas lenguas (las malas lenguas son
las mejores, como las compañías)
que no estamos distantes… que estamos
distintos. Dicen que te fuiste… Que te marchaste a bailar las calles y sus
encuentros. A restaurar los pasos suspendidos en el aire. Aunque yo te voy a
esperar, no importa si regresas o no.
Y es que la gente que se va de tu vida no lo
hace del todo. Que deja fotografías, cafés fríos, camas medio vacías y alguna
que otra cicatriz. Y quise explicarte que no es el cuchillo quien hiere, si no ese páramo de ternura
del que siempre tienes la llave. La carne de tus dedos es la dueña de la
herida, las palabras que inventas o las que están inventadas y te siguen,
quienes hieren.
En esas llagas supuro todo lo que no soy ni
seré por ti… nostalgia ebria, fría razón, dura condena, pausada cordura, no
seré ninguna de tus dudas.
Treintatres años y reconozco que no sé casi nada de la
vida, un éxodo en barco. Lo
importante, decía Kavafis, no es llegar a Ítaca, es el viaje.
Y en ese viaje estamos. Desistimos de atarnos al mástil y nos dejamos embriagar por el canto de las sirenas. Como siempre agradecidos. Y el invierno, que lo cubre todo, atravesará las grietas de mi ánimo y los sueños quedarán congelados en el aire, como en la instantánea que reviso mientras el viento trata de derribar la casa en que te escondes, esa foto fija en la que aparecemos eternos, como los niños que fuimos, tú sonriendo con ese gesto en el que te tapas la boca, y yo como silbando, como Bogart al ver salir a Lauren Bacall de la habitación, con el cigarro entre los dedos y la mirada detenida en el lugar que antes ocupaste y en el que, algo triste, adivino tu sombra.
Y en ese viaje estamos. Desistimos de atarnos al mástil y nos dejamos embriagar por el canto de las sirenas. Como siempre agradecidos. Y el invierno, que lo cubre todo, atravesará las grietas de mi ánimo y los sueños quedarán congelados en el aire, como en la instantánea que reviso mientras el viento trata de derribar la casa en que te escondes, esa foto fija en la que aparecemos eternos, como los niños que fuimos, tú sonriendo con ese gesto en el que te tapas la boca, y yo como silbando, como Bogart al ver salir a Lauren Bacall de la habitación, con el cigarro entre los dedos y la mirada detenida en el lugar que antes ocupaste y en el que, algo triste, adivino tu sombra.
Por eso me cuelgo en la
cuerda de tender, para que la tormenta me limpie por dentro, y después, esperar que salga el sol y seque estas ansias de ti.
