Algo tendrán que decir estas
noches de noviembre, arrancándonos la nostalgia de los cuerpos en la distancia.
La vida golpeando en los cristales, los miedos arrojados contra la corteza de
las paredes.
Como niños que inventan un
juego solo suyo, cómplices en cada pregunta, diseccionando con bisturí cada
trocito donde nadie más llegó antes, donde nadie nunca, quizás, quiso llegar. Y
volver a dormir poco, por soñar mucho.
Interrógame sin parar, démonos
prisa mientras nos importen las pequeñas cosas, que me encanta descubrir que
siento que te conozco de siempre, que te conozco de toda una vida que nunca
vivimos.
Nos tiramos al encuentro en
las calles, donde la lluvia bendice nuestras ilusiones y nuestra suerte, tras
el cristal acurrucado en tu sonrisa, —Háblame del futuro y de los desiertos
lejanos donde vas a llevarme —decías.
Y mientras, ella ni se
imagina todas las cosas claras, dulces, misteriosas, íntimas y distantes que
puedo ver en sus ojos. Fondos marinos, firmamentos. En el contorno de su
pupila. SUPERNOVA.
Yo creo que dos personas que
se hacen reír tienen derecho a todo así que empecemos de nuevo nuestro juego
¡maldita sea!. Viajemos en ida y vuelta sin un mañana. Volvamos a atragantarnos
con la risa, a gritar, a tocarnos por dentro y arrancarnos secretos . Porque en
un segundo todo es posible. Y estamos vivos.
Aprovechemos la lluvia que
bendice nuestras ilusiones y nuestra suerte y volvamos a nuestro juego donde
siempre somos niños, donde todo es verdad, donde te espero sentado en nuestro
columpio.
Todas las vueltas que di,
todas las cosas que hice adrede para no encontrarme, para no tener que hacer aquella
pregunta, la única que me importaba en ese momento: ¿te puedo besar? Y cuando
ya no hubo más remedio, me fui caminando con aquella duda gigante cruzando como
una nube negra sobre mi cabeza.
Y entonces, volvió a ser el día
mas frío del año.
