Maldita pregunta





Algo tendrán que decir estas noches de noviembre, arrancándonos la nostalgia de los cuerpos en la distancia. La vida golpeando en los cristales, los miedos arrojados contra la corteza de las paredes.
Como niños que inventan un juego solo suyo, cómplices en cada pregunta, diseccionando con bisturí cada trocito donde nadie más llegó antes, donde nadie nunca, quizás, quiso llegar. Y volver a dormir poco, por soñar mucho.
Interrógame sin parar, démonos prisa mientras nos importen las pequeñas cosas, que me encanta descubrir que siento que te conozco de siempre, que te conozco de toda una vida que nunca vivimos.

Nos tiramos al encuentro en las calles, donde la lluvia bendice nuestras ilusiones y nuestra suerte, tras el cristal acurrucado en tu sonrisa, —Háblame del futuro y de los desiertos lejanos donde vas a llevarme —decías.
Y mientras, ella ni se imagina todas las cosas claras, dulces, misteriosas, íntimas y distantes que puedo ver en sus ojos. Fondos marinos, firmamentos. En el contorno de su pupila. SUPERNOVA.

Yo creo que dos personas que se hacen reír tienen derecho a todo así que empecemos de nuevo nuestro juego ¡maldita sea!. Viajemos en ida y vuelta sin un mañana. Volvamos a atragantarnos con la risa, a gritar, a tocarnos por dentro y arrancarnos secretos . Porque en un segundo todo es posible. Y estamos vivos.
Aprovechemos la lluvia que bendice nuestras ilusiones y nuestra suerte y volvamos a nuestro juego donde siempre somos niños, donde todo es verdad, donde te espero sentado en nuestro columpio.

Todas las vueltas que di, todas las cosas que hice adrede para no encontrarme, para no tener que hacer aquella pregunta, la única que me importaba en ese momento: ¿te puedo besar? Y cuando ya no hubo más remedio, me fui caminando con aquella duda gigante cruzando como una nube negra sobre mi cabeza. 


Y entonces, volvió a ser el día mas frío del año.

Esas ansias de ti

                                                                   


Hace poco leí por ahí que “la noche es de los poetas, las putas y de los que mueren por amor” y desde entonces me las paso todas pensando en cuál de esas tres bestias seré yo.
De cuando en cuando (cada vez con menos cadencia) volvemos al viejo bar donde siempre somos jóvenes. Brindar con los viejos amigos porque al menos sigamos reconociéndonos al mirarnos en el espejo, sigamos siendo algo de lo que fuimos. Mañana ya tendremos tiempo de astillarnos los dedos contando incertidumbres. Pero hoy no. Hoy, apuraremos hasta que las agujas del sol se cuelen por la puerta, para recordarnos que seguimos vivos.
Y al amanecer, como siempre, los ojos rojos de forzar la mirada, a ver si te encuentro entre la gente. Porque puestos a ahogarme, que sea bebiéndote.

Dicen las malas lenguas (las malas lenguas son las mejores, como las compañías)
que no estamos distantes… que estamos distintos. Dicen que te fuiste… Que te marchaste a bailar las calles y sus encuentros. A restaurar los pasos suspendidos en el aire. Aunque yo te voy a esperar, no importa si regresas o no.

Y es que la gente que se va de tu vida no lo hace del todo. Que deja fotografías, cafés fríos, camas medio vacías y alguna que otra cicatriz. Y quise explicarte que no es el cuchillo quien hiere, si no ese páramo de ternura del que siempre tienes la llave. La carne de tus dedos es la dueña de la herida, las palabras que inventas o las que están inventadas y te siguen, quienes hieren.
En esas llagas supuro todo lo que no soy ni seré por ti… nostalgia ebria, fría razón, dura condena, pausada cordura, no seré ninguna de tus dudas.

Treintatres años y reconozco que no sé casi nada de la vida, un éxodo en barco. Lo importante, decía Kavafis, no es llegar a Ítaca, es el viaje.
Y en ese viaje estamos. Desistimos de atarnos al mástil y nos dejamos embriagar por el canto de las sirenas. Como siempre agradecidos. Y el invierno, que lo cubre todo, atravesará las grietas de mi ánimo y los sueños quedarán congelados en el aire, como en la instantánea que reviso mientras el viento trata de derribar la casa en que te escondes, esa foto fija en la que aparecemos eternos, como los niños que fuimos, tú sonriendo con ese gesto en el que te tapas la boca, y yo como silbando, como Bogart al ver salir a Lauren Bacall de la habitación, con el cigarro entre los dedos y la mirada detenida en el lugar que antes ocupaste y en el que, algo triste, adivino tu sombra.

Por eso me cuelgo en la cuerda de tender, para que la tormenta me limpie por dentro, y después, esperar que salga el sol y seque estas ansias de ti.




-Alicia: ¿ Cuanto tiempo es para siempre?
 -Conejo: A veces, sólo un segundo.


Termino otro verano y apenas sé nada de la vida. Siempre nos quedará la playa y ese pulso inagotable de las olas en la orilla; donde todo se acaba, donde todo empieza. Porque mecido entre su espuma siento que al menos sigo vivo. Y ese ejercicio me recordó que ser feliz es una obligación que a menudo desatendemos, que en lo pequeño a veces está lo importante, que lo cotidiano encierra un misterio que no somos capaces de atender con la calma que merece.

De la misma forma que no se aligerar el equipaje (siempre tengo que sentarme sobre la maleta) nunca supe sintetizar al hacer declaraciones de amor.
Y es en esa orilla, de la que te hablaba, a la que llegan las olas rebeldes. Esas que se cansan de bailarle el agua al mar y vienen a recordarnos que de cuando en cuando no es tan malo tragarse uno sus propias palabras, que al fin y al cabo solo son miedos a los que ponemos nombre. Es quizás, por esas olas rebeldes cansadas de bailarle el agua al mar que uno se deja contagiar de inconformismo, de valentía.

Pero todo termina. Somos gente solitaria, rehén del miedo y de las prisas. Así los días van deshabitando los sueños y las canciones de amor. Así, poco a poco, cae la noche y las hogueras dibujan en las paredes de la caverna sombras alargadas y danzantes, imitación siniestra de lo que somos, cenizas de un breve verano.
Y me doy cuenta que en aquel atardecer yo te cogía de la mano por dos motivos. Para que no te fueras tú. Para no caer yo.

Pero todo empieza. Somos también la luz de un mediodía de la infancia, domingo de Retiro, manchas de césped en los pantalones, desayuno en la cama y tú a mi lado, cartas que adelantan un regreso, dulce borrachera de diciembre, cerezos en abril y lunas blancas, promesa de futuro, barricada ante el regreso del invierno.

Escuchamos las olas de las playas de Imbassaí donde Robinson encontró aquellas huellas que le salvaron la vida mientras tú ríes como si todo el universo cupiera en el cajón de la mesilla y yo rezo porque pare el ascensor atrapado contigo.

Y ahora que el otoño nos amenaza con sed, yo me preparo para beber del dulce hueco de tus manos, a pesar de que a veces el cielo baje demasiado y casi nos aplaste como un techo bajo, tu me preguntarás “y ahora qué”  Y entonces no te enfades si me ves sonriendo mientras pienso que por eso te busco, porque traes la vida, porque ya solo necesito que vengas esta noche con ropa pero sin ganas de llevarla.


No olvides que te espero. No esperes que te olvide.

Amores Imposibles. Mi jodida historia de amor.




Hay un libro que se titula, “Yo también puedo escribir una jodida historia de amor”, no os molestéis en leerlo. Yo lo hice (bueno al menos hasta la mitad). Es una mierda.

Sin embargo esta frase que da pie a tan aburridísimo libro en cuestión, es algo que no se me quita de la cabeza, malditas 4 y 26, malditos domingos, maldito espíritu de competitividad. 
Me pregunto si yo también sería capaz de escribir una jodida historia de amor.

Por un momento lo dudo bastante, pero no solo de neocórtex vive el homo  sapiens y cuando empiezo a buscar en otro lado, más profundo, más enterrado, más cicatrizado, más fragmentado; me doy cuenta que hay algo que sí que sabría a ciencia cierta. Sabría perfectamente cuando empezaría. Mi historia comenzaría en la primavera más bonita del mundo. La primavera de Madrid. Pero no en la primavera, primavera, me explico, empezaría en uno de esos días de mediados de Marzo, principios de Abril; es decir invierno, en los que el sol gana la batalla al frio y te hace pensar que podría ser perfectamente un día de primavera. La respiras, la hueles. Estos días son mucho mejores que la primavera en sí. Porque como ocurre con tantas cosas, la primavera es difícil apreciarla desde la primavera.

Así empezaría mi historia, en uno de esos días.
 

Ese sin duda sería el “cuándo”; para el “cómo” tengo todavía más dudas; no sabría si mi historia de amor debiera comenzar con un flechazo, con un fulminante rayo de dos segundos que hace que se pare el tiempo, que el mundo se detenga, que todo lo que hay alrededor parezca un atrezzo inanimado, como un escenario dibujado en donde solo la otra persona y tú sois reales. O sin embargo la historia debería empezar con un detalle, con un misterio, sin esperarlo, ni quererlo; sin saberlo, ni merecerlo. Poco a poco, como se conquistó el lejano oeste. Con planes perfectos que salen mal, con juegos, con promesas con fecha (y flechas) de caducidad y apuestas con mucho que ganar y tanto que perder. Porque al fin y al cabo, a veces las cosas más maravillosas de este mundo son aquellas que piensas que jamás debieron haber ocurrido.
 

En mi caso déjenme que les diga que si tuviera que ser el protagonista de esta historia, me gustaría que me cayera encima la del rayo. Porque así recuerdo el día que te conocí. 

El día que jamás tendría que haber pasado caminando por esa esquina de Madrid y tú jamás deberías haber hecho caso a tu amiga para acompañarnos a aquella horrenda cafetería. En donde solo sé, que evidentemente, no estábamos por la comida. Me acuerdo que en ese momento todavía no me había dado cuenta de lo 
tremendamente hermosa que eras, de lo ridículamente GUAPA, de tu cara de niña, piel de oliva y melena de arena. Eras perfecta, pero ese día no lo vi. Me fije en tu ridícula ropa, nunca te lo dije, pero tu vestimenta de aquel día me pareció lo más horrible y antimorbo que podría vestir una chica. Tu mirada de “perdona, pero no estás a mi nivel”, me resultaba tan indiferentes como retadora, y ese fue seguramente el problema.

Esa noche nunca pensé en besarte, pero incluso cuando ya me había despedido, me di la vuelta y te robe un beso, quizás solo para demostrarte que no eras tan difícil, quizás solo porque quería que tus amigas se rieran viendo la cara de pasmada que se le quedaba a la rock-star de la manada, quizás solo para que tuviera sentido mi frase de despedida de “ya nos veremos por ahí…” mientras me iba. Quizás porque lo único que me gusta y comparto con los gatos, es que sean capaces de morir por la curiosidad. Quizás por todo esto o quizás por nada. Pero salió del instinto. Solo me acuerdo que un segundo antes de hacerlo no lo tenía planeado.

Y ahora me siento como en un cuarto oscuro alumbrado por una de lámpara de metal, bombilla amarilla y con el humo dándome en la cara. Empieza el interrogatorio.

Y me pregunto si seguirás oliendo a esa sutil mezcla entre Nivea y champagne, si sigues contando tus ridículos chistes a todo el mundo y haciendo feliz a quien te rodea. Si seguirás escuchando toda esa música cursi y pensando que cantas bien en los karaokes. Si sabías que aunque me reía de esas mismas canciones, luego cuando estaba en casa, las escuchaba una y otra vez intentando entenderlas.

Me pregunto si alguien te habrá enseñado algo más bonito que Granada, y luego tú te habrás vengado enseñándole a él tu ciudad favorita.

Me pregunto quién tendrá que agarrarte ahora cuando coges las llaves de casa para rayar el coche que ha aparcado tan cerca del tuyo que apenas te deja salir. Quien tendrá que empujarte del brazo cuando de repente te da por gritar tus sentimientos de amor en mitad de la calle para que lo escuche todo el mundo. O quien se pone a correr detrás tuyo, para escapar de una discoteca, y recorrer 200metros en mitad de una calle oscura, sin ningún sentido más que para ver si es capaz de alcanzarte y darte un beso.
 

Me pregunto si sabes que contigo aprendí que hay que saber mentir,
 porque si quieres a alguien, nada mejor para demostrárselo que mentirle. Igual que si alguien te cae mal solo tienes que decirle la verdad. Nadie quiere que le digan la verdad cuando está enamorado, yo lo aprendí de quien mejor me ha mentido nunca. Y siempre te lo agradeceré. Y ya que hablamos de mentiras, me pregunto si sabrás que te mentía descaradamente cuando te decía que me gustaba el bodrio ese de Sexo en Nueva York (a ningún tío le gusta, chicas lo siento…).
Me pregunto si sabes que nadie más se tatuó por mi o si tú lo habrás hecho por alguien más. Si te habrás citado en Tribunal para ir al aeropuerto una noche de verano para preguntar por un billete a Nunca Jamás y tener que escapar entre risas de los “seguratas”.
Me pregunto si has vuelto a leer junto a alguien a Benedetti antes de dormir y creer que Corazón Coraza lo escribió pensando en vosotros. Me  pregunto cuantas veces más habrás explicado tu teoría de que el amor es una enfermedad mental y que por eso se dice: estoy loco/a por ti. Que se rompen demasiados corazones y pocas camas.


Me pregunto cuántos días más habrás tenido de manta, pelis, palomitas, sexo, mimos, series, sexo, chocolate, sexo, frutas, pelis, mimos, tengo sed, vas tú?, voy yo, agua, sexo, besos, besos, besos

Me pregunto si sabías que te quería mucho antes de que te lo dijera.

Me pregunto si sabes que hace poco te volví a ver, pero decidí irme tan rápido que incluso me dejé la cazadora en el sitio en donde estaba y tuve que ir a recogerla al día siguiente. Porque creo que
 toda historia tiene un final feliz si sabes donde tienes que dejar de leer.

Me pregunto si pensarás que fui yo el primero en olvidar.
 

Me pregunto si sabrás que eres mi jodida historia de amor.

Amores Imposibles "Cuatro Cartas"




Tenía 17 años y toda una vida por delante.


La historia comenzó con un chico quiere conocer a amiga de una amiga de un amigo. Y la conocí, bueno algo así. Ya sabeis, esas fiestas de cumpleaños inocentes que luego resultan no serlo tanto.
Yo me enamoré aun más que cuando no la conocía pero ella desapareció del dia a la noche. Supuse que no querría saber nada más de mi. Y eso me destrozó.

Pasaron los dias y aunque pareciera imposible, las noches. Así hasta 22 noches. Y un día ahí estaba ella con unas cartas en la mano. Acercándose a mi con la intensidad con la que el sol colisionaría con nosotros. O nosotros con él. "Te estuve echando de menos, creí que no te volvería a ver". Es todo lo que recuerdo. Me entregó los cartas. Cuatro cartas concretamente, con detalladas descripciones del porque de su ausencia.
Locura, sí, locura, esa era su mejor definición. No me importaron los motivos.
Seguí adelante y caí en el abismo del amor, de la estupidez o de la muerte, como prefirais llamarlo. Y pasaron los meses. Ella era feliz, yo era feliz. Ella iba a diario al psiquiátrico y yo a mis clases. Si podía la acompañaba, si no también.
Y como cada tarde, la ciudad se detenía en el instante en el que la pasaba a recoger.
"¿Qué tal en clase?". "Llegaste tarde". "No me riñas, ven".

Tuvo un sueño. Y ese sueño se convirtió en mi pesadilla. Era sobre un chico. El resto no es tan importante. Las sospechas se hicieron realidad. Ya no me quería más, NOS quería. O algo así esgrimía ella al defenderse.
Idiota de mí, no pude escapar. Pensé que en su corazón ya no quedaba nada, ni tan siquiera piedad, y lo poco que quedaba de esa piedad se la había bebido él cuando le hizo aquel corte por encima del corazón, en el pecho. Y bebió. Bebió los restos de su inocencia, de su amor, de sus sentimientos y de cualquiera de las cosas que un corazón albergue.

Un relámpago a lo lejos, como una llamada perdida en la que se rompen las alas y alguien dice no te marches...
Caí en una depresión en medio de una depresión en medio de otra depresión.

Y luego ella quería traer al mundo al hijo del bebedor de metáforas. Y yo ya no comprendía nada. Ni tan siquiera comprendo esto.

Y algo así fue. Tenía 17 años recién cumplidos y toda una vida por delante.

Yo soy de aquí.





Cantaba mi amada Chavela en aquel bolero que uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida, donde uno fue feliz, en definitiva. Por eso ahora, una vez más, se acerca la fecha de volver. Aterrizar en el aeropuerto de José Martí.

         Atravesaremos el cielo camino del reencuentro. Siempre me parecieron tristes los aeropuertos, aunque a veces la gente también se encuentre en ellos y los abrazos de bienvenidas florezcan luminosos en las salas de llegadas. Siempre recuerdo con más claridad las despedidas. El llanto que acompaña el adiós, llámame cuando llegues, que tengas buen viaje. Y el ritual de después tiene algo de partida definitiva. El casi desnudarse ante los arcos que detectan metales y malas intenciones, el presentar el pasaporte como quien entrega la moneda a Caronte y esas cosas.

            Y son las salas de embarque algo así como un purgatorio, en el que todos somos extraños, de paso. Y las esperas, mientras los altavoces nombran el número de vuelos en los que nunca viajaremos, sirven para hacer repaso de lo vivido en este tiempo de ausencias y prisas. Reflexionamos sobre el sentido de nuestro viaje, sobre nuestras faltas y deberes, sobre los planes y los fracasos, y revisamos los mensajes en el móvil para recordar un pasado que se nos antoja lejano y huidizo.
Y el viaje nos convierte en otros habitando nuestro cuerpo. Miramos como la ciudad, cayendo la tarde, se convierte en un enjambre de luciérnagas y junto con ella, todo se empequeñece y soñamos otras biografías. Y en la bolsa de mano, adivinamos los rostros, salvapantallas de la memoria, de aquellos que nos quieren y que abrazamos antes de subirnos al avión -llámame cuando llegues, que tengas buen viaje-, y el mapa del recuerdo, donde enterramos aquello que quisimos ser, la renuncia en que se convirtió la vida, el sueño que nos asalta mientras dormitamos en el asiento antes de que la auxiliar de vuelo nos pida que devolvamos el asiento reclinado a su posición vertical

Sobrevolaremos el océano, mientras el mundo se derrumba y algunos se enamoran, mientras abajo, Penélope no nos esperará ni nosotros deseamos volver a su lado, mientras Madrid arderá, mientras el mundo parece ser una pesadilla y uno, a ratos, es feliz, pienso para mí, mirando el azul del cielo que ilumina la ventanilla del avión y al llegar pensar: yo soy de aquí.
Y al volver, dar las gracias porque recibimos mucho más que lo que damos. Lo sabemos. Y que gastamos las palabras de agradecimiento por lo vivido. Pero no sabemos cómo decirte ya que somos conscientes de la deuda que tenemos contigo. Con tus gentes.

Pasarán los años y recordaremos los días en los que regalábamos las azucenas que crecieron en nuestro pecho, en el tiempo en el que el mundo se derrumbaba y nosotros cantábamos felices, iracundos, esperanzados y a tu lado. Porque esta vez, iré a tu lado.

Girar en la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer.

A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?” Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solamente con estos detalles creen conocerle. Si uno dice a los adultos: "Vi una bella casa de ladrillos rosas, con geranios en las ventanas y palomas en el techo..." no logran imaginársela. Hay que decirles: "Vi una casa de cien mil francos." Entonces exclaman: "Qué lindo !" .


Abrimos la puerta corredera y allí, entre el tumulto, me pareció verlo. Peter Pan, grité. Y entre risas, resaltaste que mi cordura hace tiempo se perdió. Aceleré el paso tirando de tu mano y cuando creí haberlo perdido, engullido por el gentío, el tintineo brillante de Campanilla hizo que ambos sonriésemos al cruzarnos con ella, varita en mano: ahora no podías negarlo, estaban entre nosotros, incluida Wendy.

Vinieron por ti, porque tú aun tienes abiertas las puertas a Nunca Jamás. Porque tú nunca preguntaste lo que todos, porque tú preguntaste lo que nadie hizo. Y preguntaste por su voz, por su risa, por sus sueños, por su color preferido. Querías saber sobre sus miedos, sus pecas, su color de uñas, las canciones que odiaba o que sabor prefería para la mermelada.

Gracias a eso logras que no olvide esos detalles, que la sienta aún cerca mía, y también que yo aprecie lo especial que eres. Esa tarde, por un rato al menos, volé de tu mano a Nunca Jamás y ella, orgullosa de tí, sonrió al vernos, esté donde esté.

Porque mañana se cumplirán tres años desde que nos despedimos y la sigo echando de menos tanto como el primer día, maldita sea. Y ahora, lo que deseo con todas mis fuerzas es nunca tener que echarte de menos a tí, porque eso significará que estás a mi lado. A tu lado. Solo con eso, ya estaremos preparados para el próximo invierno



 
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Lágrimas Tántricas by Juan Carlos Villegas Bello is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.